Lluvia.

Esta entrada le gustaría a Nietzsche. No hay nada más sensible que lo que viene a continuación, y es que, tiene vuelo directo de mis oídos al teclado de mi ordenador.

Es extraño incluso, ver como un sonido te consigue poner los pelos de puntas sin apenas rozarte. La lluvia llena, la lluvia vacía. Vacía de gestos y llena de sentimientos. Me gusta este ruido mamá. ¿Por qué me transmite calor una cosa tan fría?

Papá, me siento completo, es este el Villa en su totalidad. ¿Encuentro el 100% de la palabra persona?

¿Como puedo ser feliz sin sonreír, sin sentir, sin pensar?

Me encuentro en el vacío y es de ahí de donde salen mis palabras.

Gracias lluvia, eres mi vehículo a la infinitud, precisamente no la infinitud procreadora del mundo que conocemos, si la infinitud de la que mi mente es productora. Mi mundo, mis dimensiones, mi color.

¿Me acompañas? Querer entrar dentro de él no conlleva responsabilidades, es simplemente un acto parecido a ver un arco iris, a presenciar estrellas fugaces, a escuchar ese momento de la canción en el que un instrumento consigue llegar a su nota más alta y tu piel responde con una conversión a gallina, una respiración más honda, un suspiro de desahogo, un salto en un charco, una sonrisa sin testigos, un estremecimiento por el recuerdo que te lleva por cinco segundos a un lugar mejor, la suavidad de la manta que te cubre cuando hace frío, volverse pequeño y grande porque el agua caliente de la ducha te quiere susurrar algo al oído, quiere rozarte tu cuerpo con sus dedos de cristal.

Puede que de el vacío no lleguemos a ningún lugar, pero te prometo que olvidarás porque piensas que el mundo, de vez en cuando, es cruel. Yo solo intentaría conducirte a un mundo en el que los ciegos presencian los amaneceres más bonitos. Un mundo tan real, que parece irreal. Un mundo en el que el amor, no consigue jugar.

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