Quien no oye, se hace el ciego. Quien no ríe, se hace el frío.


¿Qué hay después de enamorarse?

No en referencia a la calma de después de la tormenta, no, tras esto inclusive.
¿Qué hay? ¿Habrá otro amor? ¿Otro igual?
¿Se alcanza el vacío?

Una indecisión que recorre tu cuerpo, estás perdido, nadie te guía, no te dejas guiar; ni ama, ni quiere amar.
¿Es el desamor la muerte de los sentimientos?

Y tragaremos las palabras cuando de las flores vuelvan polen y abejas.

"Es buena hora para cerrar el chiringuito, ya no hay más pescado que vender"
Y la luz de su sabiduría se apagó para siempre.

Que pena que acabe con una cerradura lo que nunca tuvo límites para volar en libertad, excusa sea para el buen acto que aquél que marchita una planta, la condena a la muerte lenta, dolorosa y en soledad.

Mientras el centro anhela su libertad, el soporte sueña con viajar y empezar una vida de retorno a la independencia; quizás no haya tristes desamores, sino hombres que con miedo, no realizan las metas para alcanzar el olvido.

Cual animal de cuatro patas con letra de zapato, juega al juego del falso amor, juega con sentimientos que en su vida conoció y los usa con tal engaño, que subes más alto en la montaña rusa que luego ha de caer.

Y volvemos a la buena hora para cerrar el chiringuito, cuando ya no hay más pescado que vender entre un mercader que no tiene valor para vender con una oferta impulsiva, el cliente que indeciso en su elección fantasea con un buen plato  y el alimento, que con ganas de ser aclarado, se debate entre querer y no querer.

No es más que una metáfora, 
que ni con harta de vino mofa,
de la multitud que se hace ciega,

cuando objetivamente no se niega,
que su contenido, de vida estrofa.

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